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 Que alguien se apiade de él

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Zarcancel



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Fecha de inscripción : 28/04/2012
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MensajeTema: Que alguien se apiade de él   Mar Mayo 15, 2012 4:56 pm

Cuando el portal se volvió oscuro, él le dió vuelo a su negra capa para escurrila, y con la misma inercia se dio la vuelta para no volver a mirar a trás.
El tañir de sus botas resonaba al compas de la lluvia estrellándose contra el suelo de granito. No recordaba dónde había dejado el sombrero, también de cuero, pero si se dió cuenta de que las gotas que por sus mejillas resbalaban no eran de lluvia.
Hemos dicho que no miraba atrás. Tampoco lo hacía arriba o abajo. Solo al frente. Hacia el infinito de aquellas estrechas calles abarrotadas de tristes carruajes que se cubrían de manto otoñal.
Una noche para recordar siempre. Una noche en la que el mayor adversario te deja su marca en el corazón, a modo de bonita cicatriz...esas son las peores.
"A veces es peor que te perdonen la vida que acabarla luchando", seguramente pensaría si en éstos momentos su mente le dejara hacerlo. Pero una fea cara de póker apenas se dejaba ver entre las grasientas greñas.
No había solución alguna. Cuando a un mercenario se le paga ha de retirarse del juego, aunque él no quiera. Pero ésta vez era justo porque se dio cuenta de sus propios errores. Quizás demasiado tarde, pero lo hizo.
No se atrevió ni a mirar a los ojos a su viejo pura sangre que de la misma estaba tintado por las demás batallas perdidas. Asió entonces con fuerza el ebúrneo cuerno de la silla y calzó la bota en el metálico estribo.
Un fuerte espoleo bastó para el triste relincho cuyo eco se debió de oir por décadas rebotando en las angostas calles. Y sin mirar atrás se marchó sabiendo que mientras aquellos besos no estubieran en sus labios, lo estarían en su mente.
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MissCalamity



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MensajeTema: Re: Que alguien se apiade de él   Mar Mayo 15, 2012 9:50 pm

¿Ves por qué te digo que eres un personaje caballeresco?
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Zarcancel



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MensajeTema: Re: Que alguien se apiade de él   Mar Mayo 15, 2012 9:53 pm

MissCalamity escribió:
¿Ves por qué te digo que eres un personaje caballeresco?

Jej, espera a ver la siguiente entrega.
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Zarcancel



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MensajeTema: Que alguien se apiade de él II   Mar Mayo 15, 2012 9:58 pm

Madrid no deja de ser un tugurio de perdedores. Un charco podrido donde asquerosos sapos se comen a sus asquerosos renacuajos. Eso era lo que le encantaba.
Aún con el rostro pétreo de alguien que no quería exteriorizarse bajaba una angosta calle pavimentada con charcos y adoquines. No paraba de llover, y las ruedas de los carruajes atestados de señoritos inundaban los ruidos de las calles principales que eran adyacentes.
Bajo su peso, el pura sangre destaca con brillos rojizos cuando alguna escasa farola de gas se digna a alumbrarlos.
Chapado a la antigua, sus negras ropas de tosco aspecto le hacen parecer un cruel capataz, cosa que no se alejaba mucho de la realidad.
Mendigos nauseabundos con terribles amputaciones infectadas iban vislumbrándose en escondrijos de los edificios. Las desgarradas prostitutas sujetando esquinas de las bocacalles indican que ya se había adentrado en los despojos de la ciudad.
Él confía en el pura sangre. Tanto es así que apenas le amarra en la caballeriza de un tugurio de mala muerte donde entran desgracias y solo salen pesares.
Cuando entra se hace el silencio. La gente lo mira. Él se dirige sin levantar la vista a la mesa del fondo donde hay sentados tres gorilas tan animales como rufianes que se repartían pesetas entre vinos y bobaliconas risas.
--Qué es lo que miras alfeñique...
--Miro que estáis sentados en mi mesa--por fin habló con voz templada, de bajo tono pero audible.
Uno de los animales se levanta con un grito de bestia estúpida, y a medio camino se paraliza de golpe mientras una fina punta de acero le crece por la espalda a la altura del corazón. Él había levantado el brazo muy rápido por debajo de la capa, y cuando ésta cedió en menos de un segundo bajo la gravedad, se descubrió una empuñadura de marfil con un anticuado florete de acero que había ensartado a la bestia sin esfuerzo alguno.
Sin recoger las pesetas de la mesa, los otros dos animales huyen despavoridos del local, acompañados por otros clientes que sentían miedo. El resto de la multitud volvió la mirada a su vino como si no hubiera pasado nada.
Con el sonido que hacen los cuchillos de los carniceros al afilarse, la delgada hoja sale del cuerpo del tarugo y de una firme sacudida se escurre proyectando la infesta sangre sobre el suelo de escoria.
Al sentarse él fija la voz en la barra del tugurio sin mirarla.
--Ponme lo de siempre.
--A mandar caballero.
Y un triste posadero saca media botella de ginebra y un vaso de cristal, porque hoy su oscuro cliente está herido. Ya se conocen desde hace años.

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MissCalamity



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MensajeTema: Re: Que alguien se apiade de él   Mar Mayo 15, 2012 10:11 pm

Lady Ginebra siempre a punto cuando sube la tasa de "spleen" en sangre.
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Zarcancel



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MensajeTema: Que alguien se apiade de él III   Miér Mayo 16, 2012 8:54 pm

Él mira por un patético ventanuco del viejo campanario de campana ya muerta. Ni las palomas ni las ratas osaban molestarle, solo lo hacía la lluvia. Maldito diciembre, como todos los anteriores que él recordaba, unos treintaipocos.
Una ajada bolsa de cuero llena de pesetas y pagarés reposa sobre unos guantes, capa y botas también de cuero. Varios sombreros de ala ancha hechos en américa cuelgan del barbuquejo sujetos a la pared.
Un can más viejo que perro mira al infinito con sus ojos blancos y se esfuerza por esbozar un ronco ladrido mientras sus largas orejas y su papada se balacean al compás de su lamento.
--...Tranquilo perro. No me he olvidado de ti.
Un tozo de carne muy tierna, de primera calidad, cae al lado de los hocicos del perro que se debatía en masticarlo. Sus articulaciones ya no son lo que antaño fueron, rastreando, persiguiendo y mordiendo la caza.
-- Descansa perro. Mañana volverás a cazar.
Otro lamento a modo de buenas noches fue la señal para apagar una vela marrón, tan vieja como las cosas que aquel nido contenía.
Aquellos ojos no veían, pero aquella nariz era la mejor. Los oídos tampoco andaban mal, hasta le despertaron cuando un fuerte sonido de bota que caía desde un par de metros impactó en sus tímpanos.
El can ya se lo conocía, y antes de ladrar si quiera alzó su nariz. Un solo hombre....muchas mujeres...uvas fermentadas...oro...
Arrastrándose como puede el sabueso busca con su nariz la ventana. Las mismas uvas fermentadas...oro...más oro....muchas mujeres...uvas....mujeres....oro........
Un arrebato de viento trajo con sigo el olor de un solo hombre después de varios minutos de esfuerzo, y el sabueso gira su cabeza de golpe en la dirección de la que venía. Ya no puede mover ni el rabo, pero su amo sonríe, guarda el pagaré que le colocó sobre los hocicos y de tres zancadas da un salto hacia la oscuridad del hueco de la escalera de caracol, que era el esqueleto de la torre del campanario.
Un nublado diciembre. Frío y escarchado como ninguno. Sucia agua de las nubes y blanco humo de las máquinas a vapor comulgan en el cielo para concebir copos de nieve gris. Él los mira. No hay dos iguales.
En poco rato el sol tocará a muerto tras la sierra de Gredos, y él ha de colocarse sobre el tejado exacto.
A tiempo vencido, una cuerda estrangula una chimenea de un alto tejadillo donde dentro se escucha pianola, señoritas y alcohol. El roce de la cuerda resbalando ahuyenta a los gatos. Pero solo a ellos.
A la altura de la ventana indicada él se sostiene apoyando las botas sobre la fachada mientras sujeta la cuerda. Un limpio y silencioso puñetazo rompe un pequeño cristal justo al lado de un refinado pestillo, sin duda diseñado por algún artesano con una diarrea de inspiración.
Ya adentro de la habitación él se oculta debajo de la cama, justo al tiempo para ver entrar a un seboso deudor, babeando con sus repugnantes y orondos morros de mejillas sonrojadas a una señorita que falsamente se ríe en sus brazos.
Una lluvia de corsés, delicadas telas, fajas y refajos se posa a los lados de la cama. Él sonríe al ver que en una faja roja asoma la empuñadura de un trabuco corto de dos cañones.
Ahogados por las envejecidas y húmedas maderas de la habitación, unos gemidos dignos de una actriz de teatro se mezclan con los gorgojeos gorrinescos de aquel apestoso deudor, cuyo único pecado fue no pagar a nuestro mercenario.
Cuando unos delicados pies, sorprendentemente cuidados para el calzado que solían soportar, asomaban por la cabecera de la cama, y unas hediondas pezuñas hacían lo mismo por el otro lado, un sordo disparo de wínchester amortiguado por el colchón impacta en el techo.
Un asqueroso grito de dolor de un deudor, lo que le faltaba. El tío era tan gordo que a él le costó arrastrarse para salir de su angosto escondite.
Ahora la habitación estaba decorada con los sesos de la señorita, y ahora en lugar de sesos, la cabeza alojaba trozos de intestino y pedazos de un corto miembro que se desintegró con el disparo.
Unos preciosos cuartos traseros, muertos pero bellos, ahogan con sus partes pudendas a un deudor. Un orondo y rechoncho deudor que se desangra.
-- Es curioso. Te pareces tanto a un cerdo que al final has acabado como tal: desangrado mientras alguien te sujeta.
Valla, hasta parecía un chiste y todo, a él casi le dan ganas de sonreír. Aquella bola de lujuria y avaricia no se merecía que la ensartaran el corazón con un acero antiguo, así que él, ésta vez si esbozando una sonrisa, agarra la cuerda que cuelga por la parte de afuera de la ventana. Le hace alrededor del cuello un lazo para atar jamones en la bodega, y lo tira a la calle.
Sobra decir que la bolsa de pesetas de aquel cerdo pasó a ser suya. Ya en el tejado, él mira a la gente santiguarse en la calle, mirando los ojos desorbitados de un cerdo, que medio destripado, cuelga a tres pisos de altura
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